domingo, 31 de enero de 2016

La pasividad de los árboles

43 personas huyendo de la guerra (refugiados que no encuentran refugio) murieron ayer en el mar Egeo, 17 de ellos niños, que se suman a las incontables víctimas mientras nuestros mandatarios no hacen nada. Nada más que dejarlos morir. Mientras no se aboga por la vida, cuando todos miramos a la política nacional, a la sociedad nacional, al Gobierno nacional, a nosotros, siempre y sólo a nosotros. Cuando nuestra zona de confort es la espada que pone contra la pared la vida de cientos, de miles, de innumerables personas, qué nos queda, qué les queda. Qué somos y qué nos diferencia de la pasividad de los árboles.


El árbol que cae en mitad del bosque no hace ruido pero sí ausencia,
la ausencia no se disipa como la niebla, no abraza como el frío
pero sí agobia como el calor y empapa lo que toca, como la lluvia.

Los árboles que se mantienen en pie no piden explicaciones, aguantan,
no se agachan a recogerle, no mueven un ápice de sus ramas,
ellos no conocen la condescendencia, sólo se mantienen vivos.

El suelo no pregunta para convertir el tronco en humus, para devorarlo,
el suelo simplemente se deja aplastar, sin piedad, por el árbol caído
no pide permiso para llevarle al olvido, lo transporta sin perdón.

La barca que cruje en mitad del mar no hace ruido pero sí ausencia,
la ausencia no se disipa como la niebla, no abraza como el frío
pero sí agobia como el calor y empapa lo que toca, como la lluvia.

Los que se mantienen en pie sólo piden explicaciones, no aguantan,
pero no pueden agacharse, no pueden mover un ápice de sus lágrimas,
ellos no conocen la condescendencia, nadie la tuvo con ellos.

El mar no pregunta para convertir a los niños en pasto de peces,
el mar simplemente se deja indagar, sin piedad, por los caídos,
no pide permiso para llevarles al olvido, donde los transporta sin perdón.

miércoles, 20 de enero de 2016

No obedezcáis

No necesitábamos un mundo de fluorescentes y farolas,
de más maniquís con escaparate que personas con hogar,
con más billetes de más colores y con menos para vivir.
Que me desasfalten las cientos de carreteras radiales
y vuelvan a dibujar caminos rectos que se crucen.

La desobediencia es un baile que no necesita ritmo.

No sé mucho de amor, no hablaban de ello en la escuela,
aprendí entrega en mi casa de noches sin dormir y días en vela;
comprendo el idioma triste del pájaro que migra a pesar del frío,
escucho el grito de los sueños que se cierran en el mar abierto
por todos los hijos que no llegarán a nacer en el Mediterráneo.

Desobedeced, antes de que sea tarde, ahora que es ahora,
antes de que reconstruyan los diccionarios y nos cambien los verbos,
escribid a bolígrafo; a tinta indeleble, palabras indelebles,
hablad mucho y que no os callen, tomad la calle, rehaced los países,
abrazad a los vivos ya que dejasteis morir a los muertos.

No obedezcáis a quien no os quiere aunque os haga llorar.

Abrid las ventanas sin cerrar las puertas, olvidad los mapas,
la frontera no es de continente a continente sino entre personas,
la cultura no es muro, es puente; el miedo no es razón, es excusa.
Los valores se devalúan si se esconden, la comodidad es ilusoria,
la muerte de quien no ves morir también duele, también nos mata.