jueves, 16 de julio de 2015

Por el camino de entrada

Te levantas, cualquier día, con un profundo vacío;
nace una tristeza que no crees como tuya
y una melancolía que sabe a cosas que no has vivido;
de la misma inexplicable forma que la hierba amanece manchada de rocío.

No te parece difícil reconocer la soledad del resto
y da miedo imaginar que a ellos tampoco la tuya.
En qué convertimos la vida cuando la ocupamos
en una búsqueda de motivos y tiempo para vivirla.

El riesgo de ser humano es saberlo,
nuestra soledad es lo que la correa al perro y el redil al pasto,
el conocimiento de causa y contingencia,
sentir vergüenza por nuestros no actos.

El miedo a la propia muerte
es el arrepentimiento de la vida.

Te acuestas, cualquier día, y qué haces, piensas, qué cambias
para que desaparezca la tristeza y su profundidad,
para no sentirte culpable de sentirte, 

piensas.

Debemos ser el único animal
que intenta salir de un problema
por el camino de entrada.

Pero quién va a evitar que el sentimiento vuelva
así, puntual y sin razón aparente,
como las gaviotas que se pierden y sobrevuelan Madrid.

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