viernes, 31 de julio de 2015

Parece que nunca se va a acabar

Mira, la ciudad eterna; dijiste.

Desde entonces fue un no parar de incursiones, deterioro y todas esas cuestiones que demuestran debilidad. Pero tú reías y no había quien te quitase la razón. Paseabas por sus calles, que cada día parecían habitadas por un pueblo diferente, veías derruirse sus edificios y parecía que todo te daba igual. Peor: Todo te daba igual. Esa cotidianidad que se convirtió en rutina me enfermaba. Tú mirabas y decías lo mismo, cada vez más convencida: Mira, la ciudad eterna. Y volvía a pasar, cada día, una insultante masa de dudas sobre tu certeza y cuanto más certeza era más se tambaleaba todo.

Con qué facilidad te plantabas delante de la ventana que nos reflejaba cual espejo con nuestras soledades tan bien conjuntadas para decir que eso debía asemejarse a la Roma de yo que sé quién y yo que sé cuándo. Que no sé qué de una ciudad eterna y que eterno no es otra cosa que no acabar. Mira, la ciudad eterna. Podríamos haber estado delante de Pompeya, Móstoles o Washington que te hubiese dado igual. Lo hubieses dicho con el mismo orgullo que decías los te quiero, con la misma certeza que te colocabas el pelo y de la misma manera indiscutible de la que te fuiste. Te hubiera dado igual que un ejército hubiese acampado en las calles de París o que hubiesen descubierto una trama corrupta en Madrid.
Cuando decías que mirase me lo decías a mí y la ciudad y tu referencia a la eternidad no era más que porque estabas tú en ella. Y yo, imbécil, refutándote con Heráclito y su "nadie se baña dos veces en el mismo río porque ni el río ni la persona son los mismos" hablándote de lo cambiante de este sitio. Y tú medio reías y luego reías entero y señalabas la ventana con muy poco de vergüenza y bastantes menos argumentos para decirme otra vez lo mismo.

Nunca te di la razón porque siempre he sufrido de lógica y no entendía las razones porque era esa y no otra la eterna, con la de grandes ciudades que hay en el mundo por qué la nuestra iba a ser la desgraciada de perdurar para siempre. Cuánto me costó entender que el espacio no tiene parentesco con el tiempo aunque siempre se presuponga que algo tienen que ver. Como nosotros, que no tuvimos la necesidad de ser eternos para ser muy grandes, o este pequeño infierno de asfalto, que ahora miro y no me haces falta para ver que, aunque parezca mentira, parece que nunca se va a acabar.

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