martes, 21 de abril de 2015

Las manos chicas

Hacía muchas cosas pero nunca veía de lo que se ocupaba sino todo lo que lo que podría llegar a realizar o estar haciendo más. Llenaba folios de tareas, las iba tachando y tras ello los desechaba. Podrías preguntar al desmemoriado que qué hacía y contestaría una cosa distinta cada vez.
En la escuela, la oficina, la calle, en su casa siempre se encontraba haciendo, pensando hacer o sólo pensando, a veces. Pero las personas se le acercaban en cualquier sitio que se encontrase y le pedían que hiciese esto o lo otro, que si podría ayudar en eso o aquello, que si se prestaría a estar allí o allá para echar una mano.


Él siempre miraba entre el cansancio y el alivio que le propinaba su ritmo vital y contestaba:

Tengo las manos chicas, no abarcan mucho...-y tras discutir consigo mismo durante un imperceptible momento seguía-pero sí, cuenta conmigo.

Y hacía esto, lo otro, eso y aquello, yendo de aquí para allá y corriendo hacia allí.
Pero era cuando nadie le veía, en la intimidad que le daba el despertarse y el irse a dormir, cuando se refrotaba sus manos chicas varias veces contra sus ojos. Era en ese instante exacto cuando se le contagiaba lo que guardaba inconscientemente en sus oculares, cuando pensaba que se estaba desperezando o, tan solo, rascando los lagrimales, lo que hacía era agrandar sus manos chicas con visiones grandes y fabricar los pero cuenta conmigo que presidían sus días y alicataban sus sueños.

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