jueves, 5 de septiembre de 2013

Una noche que llegaba tarde



Andábamos parados en la barra del peor lugar de la ciudad,
donde nadie quería ir era el único sitio en que podíamos estar,
aspirando a grandes sueños con pequeñas ideas,
cambiando el mundo entre botellines y vasos de tubo.

Nos creíamos los reyes de los mendigos
sin ser ni los clientes fijos de aquel antro,
ni solucionamos ningún problema
ni dejamos de ser mudos para el mundo.

Pero a fin de cuentas, nos perdonamos otra noche,
nos desatamos las cabezas y nos hicimos más personas,
desobedecimos a nuestras madres y nos juntamos con los peores,
éramos los desconocidos de nuestros conocidos.

Ese día dejamos de ser tan altruistas y falsos,
y fuimos verdaderos egoístas encaprichados de nosotros mismos,
pasamos la peor mejor noche de nuestra vida, a sabiendas que se repitiría,
bebiendo mala vida, viviendo como valientes suicidas.

Supimos lo que es reír sin parar cuando no podíamos parar de reír,
nos dieron por perdidos, y la verdad, nunca habíamos estado tan localizados.

Yo no hacía otra cosa que recordarla a ella,
tú de imaginártela de tanto que escuchabas,
al principio era más esclavo que un pájaro sin alas o un tigre sin garras,
finalmente más libre que cualquier comparación.

Simplemente fue una noche que llegaba tarde,
una noche que solucionó los días
y dividió los problemas.

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